Vida low cost. Breve trilogía de lo absurdo III: ¡Y nosotros como gilipollas nos quedamos mirando!

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Accedan a la trilogía completa aquí: El agua para los peces y El «delivery» de los 10 minutos

¡Y nosotros como gilipollas nos quedamos mirando!

Les confieso que a última hora he cambiado el título de la entrega final de nuestra “trilogía de lo absurdo”. Pensaba llamarse algo así como “la cajera que autopaga”. Ahora les cuento, pero resulta que se me ha cruzado por el camino una magnífica película de Pierfrancesco Diliberto (2021) E noi come stronzi rimanemmo a guardare.  El absurdo de esta trilogía me ha llevado a ello.

Esta serie de escritos en nuestra “crónica sociolaboral” ofrecen breves apuntes críticos sobre determinado modelo caracterizado por el “low cost”, el consumo del usar y tirar, la inmediatez infantiloide de la sociedad, la pérdida de perspectiva en los valores. Coincide con el film sobre el mensaje de la economía del bien individual, la insolidaridad, la robotización aplicada al “hágaselo usted mismo pero en mi beneficio”, la uniformidad, y todo con sus repercusiones de índole sociolaboral. La soledad o el holograma.

Es todo tan ridículo que hasta conlleva una absurda y auténtica censura. Así habría que calificar a la denominación que no sé quién ha hecho de la película italiana “E noi come stronzi rimanemmo a guardare” que en su traducción significaría “y nosotros como gilipollas nos quedamos mirando”, pero que en el mercado español ha venido a conocerse con el desatinado título de “Arturo y el algoritmo”. Como si fuéramos tan cándidos como para asustarnos por el término “gilipollas”.

Los algoritmos que dejan fuera a quienes tienen más de 40 años; los que se vuelven contra ti porque habías definido previamente lo que es superfluo y lo que no; ya has entrado en la rueda y no puedes permitirte una nimiedad en tu vida. Porque teniendo “coraje y visión de futuro” lo arreglas todo ¿verdad que sí? Un emprendedor; un emprendedor digital. Un mensajero en patinete o bicicleta; poner en contacto la demanda y la oferta. Tan antiguo como la vida misma. Un capataz algorítmico que te está esperando; o mejor, tú lo esperas a él. Aquí tienen el tráiler, y si pueden véanla.

En este estado de cosas, se trata de un impulso automático lo que me lleva a la preferencia de esperar la cola del pago tradicional, a la supuesta rapidez de la máquina de autopago. De otro modo, sería como estar haciéndole un ERE en la mismísima cara de la empleada del supermercado.

No hace mucho presencié una escena que me descolocó. Una trabajadora de un conocido centro comercial (debía ser “cajera” atendiendo a su atuendo) terminaba su turno y salía del centro de trabajo haciendo su compra. Desconozco si por una decisión propia o quién sabe si a instancias de la empresa, pero lo cierto es que utilizaba la caja de “autopago”. Y yo como un gilipollas, me quedaba mirando. Es como si el ERE me lo estuviese haciendo a mí.

¿Modelo salvaje o modernidad?

Podríamos considerar una determinada línea argumental. Algunas grandes superficies con un considerable nivel de negocio fidelizado, entienden oportuno que el cliente realice una función que antes hacían los propios empleados escaneando los productos y completando el proceso de pago. A las direcciones no les preocupa, pues confían en que el consumidor no se fugará, aunque signifique una pérdida de atención, mayor enfado y una disminución del empleo. Los trabajadores del sector del comercio rechazan las cajas de autopago, teniendo en cuenta que no se trata tanto de máquinas que sustituyen al trabajo, sino que le trasladan a usted la tarea. Eso sí, con sus oportunas consecuencias en el empleo.

Puestos a rebatir, podríamos pensar que la argumentación anterior respondería a una lógica “neoludista”, propio de personas que se oponen al desarrollo tecnológico y científico de una sociedad moderna. En una gran superficie hay otras tareas que realizar, de forma que un sistema de estas características conllevaría que el empleado se dedicara a otras cosas en beneficio de la atención a la clientela.

Quién sabe si nuestra protagonista, la cajera que autopaga, estaba pensando en lo sumamente alienante de su trabajo; una jornada entera escaneando productos y cobrando. Cierto, trabajar menos y trabajar mejor, nos podría servir como eslogan si el beneficio de los avances tecnológicos tuviera su correspondiente reparto en las distintas capas de la sociedad. En este caso, si aplicamos el sistema conocido como de “self checkout”, eliges el producto y lo pagas tú mismo, significa un desplazamiento de la carga del trabajo al propio usuario en beneficio de la rentabilidad del negocio.

La digitalización, robotización, la inteligencia artificial y en general, las tecnologías son asépticas. Serán buenas o malas en función del uso y de la carga ética de la propia sociedad (humana ésta), pues no contemplamos ningún tipo de determinismo tecnológico. El debate está servido cuando se llega a plantear que “los robots deban cotizar al Sistema de Seguridad Social”. Pero como el robot no es ese “humanoide con ojitos saltones”, en realidad lo que se plantea es la necesidad del reparto en los beneficios del propio desarrollo tecnológico, incluso llegando a percibirse ya de una forma no tan quimérica la idea del “salario mínimo universal”.

Acabamos esta trilogía de lo absurdo, aunque no sobrarán motivos ni ilustraciones para continuar reflexionando sobre ciertos estándares de negocio y de consumo; sobre un modelo de trabajo y de sociedad misma que nos incomoda. ¿Quieren una estampa? Paseen por los alrededores de cualquiera de esos establecimientos que dispensan comida rápida en su propio vehículo, ¡si es que tienen estómago!

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