(Trabajar, vivir en la frontera 2ª parte)
Negros nubarrones se ciernen sobre las aguas mestizas del Guadiana y el Atlántico. Es una paradoja absoluta que las diversas intensidades del “contrabando” –como concepto amplio- sean inversamente proporcionales a la libertad o restricción de movimientos de la gente en la frontera.
El estraperlo, que tiene una connotación casi de carácter familiar y de baja intensidad, era una forma de “ganarse la vida” en aquellos tiempos en los que una frontera administrativa restringía el tráfico de productos; con independencia del punto del Guadiana que elijamos, y por lo tanto de su mayor o menor dificultad para cruzarlo. En el actual contexto de libre circulación de personas y mercancías, sin impedimentos al respecto, lo que preocupa sobremanera es otro tipo de tráfico letal: el narcotráfico; el uso de las vías marítimas y la propia desembocadura del río para el tráfico de drogas a gran escala.
Ese doble salto mortal del pasado al presente –sin caer en una falsa melancolía- ha formado también parte del conversatorio con algunos de nuestros interlocutores. Volvamos a la tertulia que tuvimos en el Centro de Participación Activa de Mayores de Ayamonte , y a la que ya nos referimos en la primera entrega de estos relatos de trabajo y vida en la frontera.
Porque había una figura como la «del vigilante», clave en toda esta historia del estraperlo. El “guardinha”, el guardia civil, “los rondones”, la palpadora; las relaciones entre los estraperlistas y vigilantes; entre Guardia Civil y la Guardia Nacional Republicana (guardinha).
A ver qué nos cuentan.
Nos quedamos cuando Pepe Cecilia señalaba
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- Estaba “el que hacía la vista gorda…”
A lo que Encarna apostillaba:
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- Y después había que llevarle algo a su casa, un paquete de tabaco, medio kilo de café…
Y Pepe, entrando en materia señala que “eso era el impuesto revolucionario que había que pagar”.
Pero es algo que expresamente entrecomilla. Quizás condescendiente con los mal-pagados guardias españoles, pero, sobre todo…
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- Con la gente que se ganaba la vida todos los días yendo a Portugal a comprar tabaco, pescado y café que luego vendían. ¡Esos eran los trabajos!
¡Que tampoco estaba la cosa como para elegir en qué ocupar el tiempo y cómo sobrevivir!
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- Sin embargo, ellos venían aquí a comprar fregonas, platos de Duralex y caramelos.
Tendremos ocasión de centrarnos en las particularidades del estraperlo, de las palpaderas y las faldas de contrabando. Porque hay algo en el ambiente… esos saltos inevitables de la reminiscencia como herramienta emocional de las personas mayores; anécdotas de 50 años atrás entremezcladas con la más rabiosa actualidad.
Del papel de ciertos agentes de la autoridad en “esos pequeños sobornos de supervivencia”, Josefa se atreve a señalar que aun sin frontera…
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- Existe…, eso existe también… que… en el tráfico de muchas cosas… sigue así.
Raudo Pepe, evitando situaciones que puedan comprometer nos dice:
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- Ahora hemos pasado de eso… a las lanchas por el río; a las narco-lanchas.
- Por las noches es horroroso.
Pues resulta que estamos siendo testigos de graves situaciones que han provocado muertes en actos de servicio; en el trabajo de vigilancia de la frontera; en el trabajo de la lucha contra el narcotráfico, que se ha vuelto cada vez más peligroso. En esta ocasión “los malos” son demasiado desalmados como para que tengamos la más mínima empatía; capacidad de conexión emocional que sí podríamos identificar respecto de los estraperlistas de hace 40 ó 70 años. ¡Nada que ver!
Pero la memoria y la correlación de ideas tiene estas cosas. Y sí, en el ambiente fronterizo ayamontino sobrevuela un espeluznante suceso de hace escasos meses en el Río Guadiana. Cerca de Alcoutim, una narcolancha embistió a finales de 2025 a una patrullera de la Guardia Nacional Republicana, provocando tres heridos y la muerte de un agente portugués, Pedro Manata Silva.
Era una operación de fiscalización nocturna, y en la sombra del río… el fango de nuevo. Que esta vez no sería capaz de encenagar lo suficiente a los infames, que lograron huir por la orilla tras salir ardiendo su maldita lancha.

Parafraseando a la genial Nieves Concostrina, “cualquier tiempo pasado –sencillamente- fue anterior”.
Y en esa sintonía, hablamos con Joaquín Barrios, ayamontino de 78 años que en un ambiente de pesca y de la industria conservera a la que se dedicara su madre, sus designios se conectarían durante 40 años con la Guardia Civil. Antes de que nos hagamos ilusiones con posibles anécdotas de los viajes del ferry, y las relaciones barqueros-aduaneros nos aclara esbozando una socarrona sonrisa:
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- Yo no he estado en la Aduana nunca…. sí, Guardia Civil de Ayamonte, pero yo no he estado en la Aduana. Allí están los especialistas en fiscalidad.
- De frontera no he estado nunca… muy complicado, muchos compromisos… no me ha gustado… muy comprometido con la gente del puerto y muchos problemas…. Problemas de pasta, ¡claro! El contrabandeo.
- Igual que todo el mundo…, donde hay dinero, se mete la gente.
¡No hay más preguntas, Señoría!
Y es que se ganaba poco dinero en aquella época
Joaquín Barrios -de un parecido físico a mi abuelo materno que conmueve- tiene “al agua y al lodo de protagonistas en su vida”. Y no por su cercanía con el Atlántico y a las Marismas del Guadiana, sino por una de las riadas más salvajes de nuestros tiempos.
El 20 de octubre de 1982 tuvo lugar uno de los históricos aluviones en Valencia. Conocida como la “Pantanada”, las lluvias torrenciales y la posterior rotura de la presa de Tous por un fallo eléctrico en las instalaciones, provocó una crecida repentina del río Júcar y con ello una treintena de víctimas mortales. La inundación alcanzaría a toda la comarca valenciana de La Ribera Alta, incluyendo la localidad de Carcaixent dond
e vivía y trabajaba Joaquín. Allí había sido destinado, y esta histórica DANA arrasaría con su Casa Cuartel.
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- En Valencia estuve destinado 13 años, hasta que me cogió “la riá” y me quedé sin muebles y me quedé sin nada.
- Tuve que mandar a la familia para acá
Por cierto, nuestro Guardia Civil ayamontino parece haber “salido del Cuéntame cómo pasó” porque estando destinado en Valencia le pilló en esa ciudad (con lo que supuso en la intentona) el Golpe de Estado de Tejero. Pero no… no fue de los que tuvo que sacar los tanques a la calle
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- Me tocó quedarme en el cuartel
De hecho, en “la asonada”, la Guardia Civil permaneció acuartelada esperando acontecimientos, mientras que Milans del Bosch sacaba las tropas y los tanques a las calles de Valencia decretando unilateralmente el estado de excepción.
Tiempos pasados… anteriores… y peores.
Las aguas, los fangos…
Joaquín cambia repentinamente la conversación para retornar a nuestras aguas, a nuestros fangos. En aquella “pantanada” valenciana, nos cuenta Joaquín el desastre de la riada; sin que ni tan siquiera pudieran cumplir una función de salvaguarda ciudadana a la que estaban destinados…¡Bueno sí, respecto de sus familias directas! Pues debían poner a buen recaudo a sus mujeres e hijos y proteger a la propia Casa Cuartel
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- ¡Sabe hasta dónde llegó el agua!
- Hasta el último escalón de la escalera para llegar a la segunda planta: 2,80 metros
- Otro Guardia y yo, frente a frente, con una cámara de camión atada (a modo de flotador), que una empresa de transporte de por allí cerca nos había dejado
- Preparados, que si subía más el agua… ¡No nos íbamos a quedar allí!
Las avenidas llenas de agua, y Joaquín que todavía tiene en su casa fotografías del pueblo inundado y guarda como un tesoro una “carta de damnificado”.
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- Las mujeres y los niños se fueron a una zona alta del pueblo… un policía nacional que tenía allí un chalet y se quedaron allí todos.
- Y las mujeres no sabían dónde estábamos nosotros.
- Solo les dijeron que nos habíamos quedado en el Cuartel.
Las imágenes se deben amontonar en su memoria, y en un santiamén esboza impresiones que no somos capaces de poner en orden, aunque se entienda:
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- No uno, siete cuarteles; Pueblo antiguo, pantano, el vigilante que no estaba y revienta la presa, pueblo nuevo, barranco, pueblo debajo del agua, riada…
¡Y tanto que marcaría su vida! Hasta el punto que nos relata que con frecuencia rememoraría con su mujer aquellas circunstancias “de la riá”.
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- Íbamos (la Guardia Civil) a almacenes de víveres para evitar que la gente (literalmente) se pegara para cogerlos.
- Había unas colas enormes… y la gente llorando.
- Muchos que lo habían perdido todo: la casa, el coche, el tractor para trabajar en el campo…
- ¡Todo lo habían perdido… gente que se quedó sin nada!
Pero había que mantener la entereza, compartida con su esposa. Va con el cargo, eso es cierto, pero no deja de mostrar su lado cruel.
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- Mucha gente que te conocía… llorando, sin que supieran que a mí me había afectado también, ¡claro! Es que yo vivía en la planta baja del Cuartel. Y me quedé sin nada.
- El agua había reventado los tabiques y las armas aparecieron dentro de la oficina
- Mi cuñao tuvo que venir a Valencia a recoger a mi mujer y a los niños para llevárselos a Sevilla.
Y es que las autoridades temían las epidemias por la cercanía de algunas granjas de animales.
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- Mandé a la familia para acá porque los médicos decían que podría haber problemas de contaminación de las aguas. Había muchos animales muertos, animales colgados en los naranjos, y tuvieron que ir a Cuenca a buscar cal para así meter a todos los animales en una zanja.
- Me tuve que quedar solo unos meses allí.
¡Qué historia! Una pausa de respiro y conmoción…
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- ¡También los hemos pasado malos! (los tiempos).
No sabemos si por compasión o porque en realidad venía muy, pero que muy bien sacar a los agentes de allí ante semejante desastre, lo cierto es que el Director General accedería a las pretensiones de Joaquín de mandarlo “a su tierra”, que no a sus marismas, esteros y caños. Fue destinado a la onubense localidad de Villablanca (a 15 kilómetros de Ayamonte tierra adentro).
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- ¡Que no Joaquín, que ya sabemos que no has estado en la Aduana… y al principio ni siquiera en tu pueblo ejerciendo como Guardia Civil!
Pero no puede evitar relatar algunas situaciones desde la perspectiva de la vigilancia en un entorno puramente fronterizo. Todo tenía su ecosistema. Y como eran mujeres la mayoría de quienes hacían esos viajes de compraventa a ambos márgenes del Guadiana, pues termina apareciendo la figura conocida como “las palpadoras o palpaderas”. Obviamente no se trataba de ningún cuerpo oficial, ni una unidad de la Guardia Civil. Era el apodo coloquial y casi despectivo con el que la población conocía a las mujeres destinadas a palpar, a hurgar… a detectar ese “estraperlo” familiar.
Y “los rondines”, que aquí… todo el mundo se conocía. Había cierta tolerancia institucional –y que conste que es una conclusión nuestra, y no de Joaquín- a ese estraperlo de supervivencia, pero existían “los rondines”, que tienen su origen en los antiguos cuerpos de Carabineros y que “hacían la ronda” en los puntos limítrofes para evitar el contrabando. Así, nuestro Guardia Civil retirado se esmera en resaltar la formalidad de su tarea.
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- Aquí había un grupo, bueno, dos Guardias civiles que eran un cabo y un guardia, y que estaban expresamente para eso. Eran guardias de información que andaban por todo el pueblo para denunciar a la gente que llevaban contrabando de café.
Matiza:
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- ¡Mucha cantidad de café, claro! Estaban únicamente para eso.
Conflicto Vs Colaboración
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- Pero Joaquín, suponemos… que al otro lado pasaría algo similar con los guardinhas. Tendrían también su política de lucha contra este contrabando –que nosotros preferimos apellidar- “de baja intensidad”.
Nos traza una leve risa señalando que posiblemente la guardinha haría lo mismo allí. Pero de repente… silencio.
Y una sacudida argumental. A la sombra del río un disparo sonó.

Escalofrío ante una historia que ya nos cantaron, nos contaron y os contamos. María la Portuguesa… Aurora.
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- Aquí mataron una vez a un chaval… un chaval de mi edad. A Juan, en un caño frente a Castromarín; que por ahí se metía este muchacho con una barca y por lo visto traía langostinos. Y esa noche le dieron un tiro y lo mataron.
Y ya a estas alturas, después de hablar con algunos de los mayores del lugar… no hay duda que este acontecimiento –y la visita del Ministro de Asuntos Exteriores- marcaría a nuestros “veteranos» transfronterizos de ambos lados.
Eran aguas calientes, y el conflicto por salvaguardar los recursos –pesqueros en su momento- estaba servido. Intentamos explorar algo que siempre nos sonaba en los telediarios de los años ochenta: los apresamientos de barcos españoles por las fuerzas de seguridad portuguesa.
Estando en ello, cae en nuestras manos una publicación de la Asociación de Agricultores y Ganaderos del Campo de Canela. La Voz de Ayamonte, que en su edición de septiembre de 1980 (num. 8) indicaba lo siguiente
HUELGA EN EL GUADIANA
La frontera de Ayamonte se encuentra paralizada desde la mañana del sábado día 30, como consecuencia del conflicto pesquero surgido a raíz de los apresamientos de cinco barcos españoles por patrulleras portuguesas.
El conflicto comenzó cuando un grupo de quince barcos pesqueros bloquearon la entrada y salida de los transbordadores que hacían el servicio Ayamonte – Villa Real de Santo Antonio, como protesta de dichos apresamientos.
Y Joaquín nos narra todo esto en tono comprensivo con las propias autoridades lusas.
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- Los barcos se metían en la zona portuguesa a pescar. Había mucha pesca… en la zona de Faro.
- Los portugueses no venían aquí a pescar. En aquel tiempo no existía allí el arrastre.
Hasta el punto que encontramos uno de los ejemplos de trabajo transfronterizo más característicos en años de autarquía, pues patrones de pesca españoles solían ser contratados por empresas portuguesas… para enseñarles al arrastre.
Colaboración y conflicto…
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- Había conflictos, sí… las lanchas que vigilaban sus costas para que no se metieran los barcos.
- Era muy frecuente. Había mucha pesca, gambas, cigalas. Los barcos se metían y daban “una corrida” como llaman los marineros.
- Tiran el arte al agua… una corrida de una hora y ¡pum! Elevan y se vienen corriendo a la costa española.
Lo cierto es que en los años setenta y ochenta era frecuente la aprehensión de barcos españoles por faenar ilegalmente en aguas portuguesas; naves de Ayamonte, de Punta del Moral o de Isla Cristina. A pesar de los tratados de pesca bilaterales que se iniciaran en 1969, y a pesar de la entrada de ambos Estados en la Comunidad Económica Europea, pues esta situación se había ido enquistando hasta entrado el siglo XXI. Tensiones en el Guadiana como epílogo de las dificultades para la delimitación de las aguas.
Joaquín Barrios, que estaba alejado del Ferry y por lo tanto de los conflictos aduaneros del río, tuvo que realizar no obstante su tarea de vigilancia respecto de otro tipo de estraperlo; digamos en “clave rural”: los mochileros.
De regreso de Valencia y con destino en Villablanca, eran los campos los que había que cuidar antes que la entrada de España y Portugal en la Comunidad Económica Europea significara el sinsentido de ese trapicheo. Y quizás sea el paso del tiempo, quizás la calma de los años… lo cierto es que nos traslada una doble sensación de haber tenido por una parte que cumplir con su trabajo, a la vez que empatizar –casi admirar- con aquellos que en su necesidad y desesperación se lanzaban a la aventura, las calamidades y el riesgo del contrabando.
Sobriedad y empatía. Otra tipología de transporte, pero con los mismos productos.
¿Se imaginan 40 kilómetros andando con una mochila a cuesta entre Pomarão y Cartaya? Pero no para hacer senderismo o turismo activo, sino cargados de café para sacar a tu familia adelante. Los mochileros, escondiéndose de la Guardinha primero y de la propia Guardia Civil después.
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- Río arriba, en zonas donde el río se queda casi seco. Venían de noche desde Portugal, por la zona de El Granado, San Silvestre, Villablanca… abrían caminos hasta Cartaya. Y vigilantes… pocos.
Los había que hacían el contrabando “por cuenta propia” o “por cuenta ajena”, que Joaquín nos señala que les pagaban 10 pesetas por hacer el trayecto.
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- Andando unos cuantos de kilómetros campo a través. Escondiéndose, con frío o con calor. Iban con la mochila cargada de café, azúcar o lo que fuera, hasta los puntos de descarga en Cartaya o Lepe.
Hay que mirar el contexto territorial. El propio Joaquín reconoce que nos referimos a unas zonas muy pobres de aquí a Badajoz, con algo de agricultura y ganadería.
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- Había muchos pastores… las cabras, las ovejas, los cochinos… Vivían del campo, y en aquel tiempo no había fresa “ni ná”.
- El estraperlo era de ganado también.
- En aquel tiempo (en comparación con el narcotráfico actual), ¡qué daño hacía daño un kilo de café!
Y el mochilero que contaba con una señal en la puerta de ciertas casas.
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- Si había un canasto colgado en la fachada de la casa, es que no había problema. Cuando no estaba el canasto… quizás había algún Guardia Civl por allí
- Eso me lo contó un hombre años después.
Resulta llamativo cómo a la vez que defiende su trabajo, es capaz de ponerse en lugar de aquellas pobres gentes en el entorno de las necesidades y de la estúpida frontera.
Sobriedad y condescendencia.
Pero, hay algo que me viene rondando mientras charlamos.
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- A ver Joaquín, ¡y habría cierta tensión en Guardia Civil y Guardinha!, ¿no es cierto?
Nos narra que las relaciones con la Guardia Nacional Republicana eran buenas. A pesar de no ser agente de aduana, tenían reuniones periódicas.
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- Sí, sí… las relaciones eran buenas. Ellos estaban deseando que fuéramos, porque siempre llevábamos algo de comer.
- La situación económica nuestra era mejor que la de ellos. Ellos eran más pobres que nosotros. Cuando estábamos en Villablanca, si nosotros ganábamos 1000€, ellos ganaban 500€.
- Me acuerdo que ellos traían siempre un manojo grande de espárragos por allí.
- Las relaciones eran buenas. Ellos que tenían una lancha con motor, venían a recogernos. Comíamos, íbamos a tomar café por la tarde… nos reuníamos y hablábamos en el destacamento de los problemas que había. A ellos también les gustaba venir.
- Problemas con los portugueses… ninguno. Y ahora trabajan en coordinación.
Es inevitable dar esos saltos en el tiempo y, como señalábamos al inicio del relato, debe abandonarse toda tentación histriónica de pensar que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. No es posible cotejar la dictadura con la democracia, la represión con la libertad, la pobreza con el desarrollo del Estado del Bienestar (con sus límites y carencias), o confrontar la autarquía con la colaboración sincera. Y es que exactamente en el momento en que se estaba produciendo la charla con Joaquín Barrios que aquí narramos, en la ciudad de Huelva (mejor dicho… en La Rábida) se estaba desarrollando la última de las cumbres hispano-lusas con la presencia de ambos gobiernos en pleno.
Las sociedades se hacen más complejas, y sus problemas se presentan con mayores aristas. Y es inevitable el salto emocional por parte del protagonista de esta intrahistoria; la correlación de ideas se produce ipso facto entre aquellos añorados momentos de “esparcimiento familiar-rural” entre ambas fuerzas de seguridad, con la actual colaboración transfronteriza en torno al narcotráfico.
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- Ellos han cuidado mucho la seguridad. Pero ahora… está el problema de Cádiz con el contrabando
Ni que decir tiene, que se refiere Joaquín al desplazamiento de la enorme problemática del contrabando. La presión policial ejercida respecto al Campo de Gibraltar ha propiciado que la criminalidad busque otros ejes territoriales. ¡Con lo tranquilos que estábamos en nuestro Guadiana! Y esa es la paradoja histórica del estraperlo en tiempos de cerramiento y represión , frente al contrabando en tiempos de libertad de circulación.
Y claro, en esta entrevista… que va llegando a su fin, es inevitable dar ese salto mortal a la actualidad. ¡Y nunca “peor” dicho! Sobrevuela nuevamente el reciente asesinato del agente portugués en los fangos del río Guadiana.

Apenas dos meses después de este encuentro con Joaquín Barrios, un nuevo suceso cubrió de nubarrones negros las aguas del Atlántico. Esta vez, serían dos agentes españoles quienes fallecerían en parecidas circunstancias a la de su homólogo portugués. ¡Hondo pesar transfronterizo!
Francisco J. Barba Ramos
